El esfuerzo, la responsabilidad y la perseverancia son cualidades que la mayoría de los padres desean fomentar en sus hijos. Y con razón, son fortalezas que suelen estar relacionadas con el crecimiento personal. De hecho, cierto grado de perfeccionismo puede resultar beneficioso. Ayuda a esforzarse más y a mantener la constancia necesaria para alcanzar las metas que nos proponemos.
Pero, ¿qué ocurre cuando esa búsqueda de perfección empieza a generar malestar?
El perfeccionismo puede dejar de ser un impulso que ayuda cuando empieza a vivirse como una presión interna constante. Ya no se trata solo de querer mejorar y hacer las cosas bien, sino de la sensación de que nada es suficiente.
Es entonces cuando equivocarse empieza a ser algo difícil de tolerar, cuando los estándares van subiendo cada vez más hasta volverse inalcanzables, o cuando el valor personal empieza a depender en exceso de los resultados. En estos casos, ya no hablamos solo de esfuerzo o motivación, sino de algo que empieza a pesar en el día a día.
Detrás de muchos niños y adolescentes con este perfil, encontramos una elevada autoexigencia, acompañada de una voz crítica muy marcada, casi como si tuvieran un “juez interno” que nunca está satisfecho y que ve los errores como algo inaceptable.
En el día a día esto puede verse de muchas formas. Algunos niños pueden mostrar gran enfado cuando se equivocan. Otros pueden dedicar mucho tiempo a tareas sencillas para que queden “perfectas” (borrando, rehaciendo o revisando una y otra vez). También es frecuente que aparezcan pensamientos rígidos de “todo o nada” (“si no me sale perfecto, está mal”). Les puede costar disfrutar de lo que consiguen, porque enseguida buscan lo que podrían haber hecho mejor. Pueden decepcionarse mucho cuando las cosas no salen como quieren e incluso puede generarles frustración cuando los otros no se comportan como ellos esperan.
Como padres, ayuda poner el foco en el proceso más que en el resultado, hablar de los errores como parte natural del aprendizaje y fomentar un lenguaje interno más amable. Y quizás lo más importante: enseñar con el ejemplo. Los niños aprenden más de lo que observan que de lo que se les dice. Si ven adultos que permiten equivocarse, que no se castigan por los errores y que se tratan con respeto, es más probable que incorporen esa misma forma de relacionarse consigo mismos.
El objetivo no es que los niños dejen de exigirse, sino que esa exigencia no sea una fuente de malestar. Aprender a equivocarse, tolerar la frustración y tratarse con amabilidad ayuda a fomentar una autoexigencia más sana, equilibrada y sostenible en el tiempo.
Maria Gabriela Palma
Psicóloga Sanitaria nº col. M-40285