¿Qué es el Síndrome de Asperger?

Teresa Sánchez

El síndrome de Asperger (en adelante, SA) se refiere a un conjunto de alteraciones cognitivas y comportamentales que suelen aparecer de forma combinada y que se refieren a tres áreas principalmente: lenguaje, interacción social e imaginación [7]. Las primeras referencias escritas de este síndrome datan de 1944, cuando el médico vienés Hans Asperger describió a un conjunto de niños que presentaban características peculiares [1]. Este trastorno quedó en el olvido hasta que, en 1981, Lorna Wing, volvió a hacer referencia a un cuadro clínico similar al descrito hacía casi cuatro décadas, dándole el nombre de síndrome de Asperger [7]. 

Características clínicas

El SA se caracteriza en lo cognitivo por una inteligencia igual o superior a la media, según los test estandarizados habituales. Sin embargo, estas personas presentan problemas en el funcionamiento ejecutivo, más específicamente para la planificación, flexibilidad mental y auto-monitorización [2]. En el ámbito social las dificultades son importantes, observándose una incapacidad para comprender y aprender espontáneamente las reglas sutiles del funcionamiento social. Respecto al lenguaje, formalmente es adecuado pero sus aspectos pragmáticos están llamativamente alterados (por ejemplo, la comprensión de lenguaje no literal, como metáforas o frases hechas, conlleva una gran dificultad para las personas con SA). Otros aspectos de la comunicación también presentan problemas, como las habilidades conversacionales, la entonación del habla o la comunicación no verbal.

¿Cómo diferenciar el asperger del autismo?

Existe un debate sobre la diferenciación del SA de otros trastornos del espectro autista (TEA) con alto rendimiento funcional. Los TEA, definidos por primera vez por Leo Kanner en 1943 y ubicados en un continuo de alteraciones a partir del trabajo de Wing y Gould en 1979 [8], se caracterizan por déficits en tres áreas nucleares: relaciones sociales, comunicación y lenguaje y flexibilidad social y comportamental [6]. Este debate se refleja en los principales manuales diagnósticos. Así, el DSM-IV-TR (2002) diferenciaba entre el cuadro denominado trastorno autista y el SA, incluyendo este como una entidad nosológica propia dentro de los Trastornos Generalizados del Desarrollo (TGD).

Clasificaciones diagnósticas

El DSM-IV-TR definía el SA como un trastorno caracterizado por una alteración cualitativa de la interacción social, patrones de comportamiento, intereses y actividades restringidos, repetitivos y estereotipados, en ausencia de un retraso clínicamente significativo del lenguaje, intelectivo o de las habilidades de autoayuda, las conductas adaptativas y la curiosidad propia de la edad [5]. La principal distinción que establecía entre SA y los llamados autistas de alto funcionamiento o AAF era la ausencia de retrasos “precoces” clínicamente significativos en las habilidades cognoscitivas y en el desarrollo del lenguaje en las personas con SA (aunque sí se han detectado alteraciones pragmáticas y prosódicas). Así, mientras sólo un 25% de las personas con trastorno autista obtienen resultados dentro del rango considerado normal en pruebas de inteligencia (los casos de AAF), todos los casos de SA se acompañan de rendimiento normal en pruebas de funcionamiento intelectual [6]. El manual diagnóstico de la Organización Mundial de la Salud, el CIE 10 (1992) propone una clasificación similar. La más reciente versión del DSM (DSM-V, 2013) incluye el SA dentro de los TEA por considerar que los resultados de las investigaciones no apoyan su diferenciación como entidad clínica propia. De hecho, los estudios que se han realizado han ofrecido resultados muy dispares, complicados por la utilización de criterios diversos para definir los grupos diagnósticos. En la actualidad el debate sigue abierto y hay una ausencia de consenso profesional sobre el tema [3]. 

Perfil anatómico

Desde el punto de vista anatómico y funcional no se han encontrado datos concluyentes que demuestren un perfil de alteraciones distintivo del SA. En estudios de neuroimagen o post mortem se han hallado diferencias morfológicas, como un mayor volumen de la sustancia gris y blanca, especialmente en áreas frontales, y un menor volumen de la amígdala, el hipocampo, el núcleo caudado y el cerebelo. También se han encontrado alteraciones funcionales relacionadas con el hipometabolismo en áreas asociadas a la cognición social [5]. Tampoco los estudios neuropsicológicos han encontrado un perfil similar entre las personas con SA evaluadas. Es habitual encontrar un patrón de desarrollo disarmónico en el que destacan numerosas destrezas, como puede ser la memoria visual y verbal o la amplitud de vocabulario, que contrastan con dificultades importantes, principalmente en los ámbitos del funcionamiento ejecutivo y de la cognición social. Así, tienen alteraciones relacionadas con la flexibilidad cognitiva, la generación de soluciones alternativas ante un mismo problema, la inhibición de respuestas irrelevantes y la atención sostenida, con tendencia a la distracción según la motivación hacia la tarea, además de mostrar problemas para la interacción social y la reciprocidad emocional [5]. Es habitual también observar un perfil en el que las habilidades intelectuales verbales son superiores a las manipulativas y problemas con la coordinación motora fina [4]. Las alteraciones en las habilidades pragamáticas del lenguaje y para la toma de decisiones y juicios sociales son características del SA. A pesar de las dificultades diagnósticas, los graves problemas funcionales de los niños que presentan este conjunto de síntomas hace necesario centrarse en la descripción de las dificultades y necesidades individualizadas de cada caso particular, con el objetivo de diseñar una intervención precoz, multidisciplinar y lo más ajustada posible a cada uno de ellos. 

Referencias bibliográficas

  1. Asperger, H. (1944). Die ‘autistischen Psychopathen’ im Kindesalter. Archiv für Psychiatrie und Nervenkrankheiten 117, 76–136.
  2. Hill, E., y Frith, U. (2004). Understanding autism: insights from mind and brain. En: Frith y Hill (eds.), Autism: Mind and Brain. Oxford: Oxford University Press.
  3. Martín Borreguero, P. (2004). El síndrome de Asperger. ¿Excentricidad o discapacidad social? Madrid: Alianza Editorial.
  4. Miller, J. N., y Ozonoff, S. (2000). The external validity of Asperger disorder: lack of evidence from the domain of neuropsychology. Journal of Abnormal Psychology 109, 227-238.
  5. Montes Lozano, A., y Bembibre Serrano, J. (2015). Síndrome de Asperger. Suspenso en recreo. En Neuropsicología Infantil a través de Casos Clínicos (Arnedo, Montes, Bembibre, Triviño, coord.). Madrid: Editorial Médica Panamericana.
  6. Núñez, M., y Rivière, A. (2001). Una ventana abierta hacia el autismo. Revista Española sobre Discapacidad Intelectual 32, 193, 25-39.
  7. Wing, L. (1981). Asperger’s syndrome: a clinical account. Psychological Medicine 11, 115-119.
  8. L., y Gould, J. (1979). Severe impairments of social interaction and associated abnormalities in children: epidemiology and classification. Journal of Autism and Developmental Disorders 9, 11-29

Artículo publicado en https://hablemosdeneurociencia.com/sindrome-de-asperger-2/

COVID 19: RECOMENDACIONES PSICOLÓGICAS PARA AFRONTAR LA INCERTIDUMBRE Y EL AISLAMIENTO

Teresa Sánchez

Nos enfrentamos a una situación mundial sin precedentes conocidos. Una situación, además, que puede llegar a poner en riesgo la vida de las personas. Una situación que va cambiando día a día y que nos hace imposible predecir qué va a pasar o cuándo va a terminar. Además del desafío para el sistema sanitario y para la economía mundial, el coronavirus pone a prueba nuestra fortaleza psicológica para enfrentarnos a lo que está sucediendo en el mundo.

Hay personas que niegan la importancia de la pandemia y siguen haciendo su vida habitual. Otras experimentan ansiedad y miedo, se auto observan en busca de síntomas, que muchas veces aparecen y son psicosomáticos, o no paran de buscar información en los diferentes medios sobre el virus. Otras piensan que no les va a afectar a ellas y ponen sus necesidades personales por encima de las de la sociedad. 

Hoy, más que nunca, es necesario tomar conciencia de que somos una unidad, de que lo que hagamos cada uno nos afecta a todos, y ser responsables, no solo por nosotros, sino por el resto de la humanidad. 

Pero, ¿cómo afrontamos nuestras emociones y preocupaciones que surgen cuando la ansiedad y el miedo nos invaden? ¿Cómo gestionamos la desesperación de pasar días encerrados en casa, solos o con nuestras familias, sin saber muy bien qué hacer? ¿Cómo hacemos para asumir el cambio en nuestras rutinas y la ruptura de los planes que teníamos organizados?

Lo primero, es importante tener presente el objetivo final de quedarnos en casa: lo hacemos por un bien común, es importante lo que hacemos cada uno, somos importantes y la humanidad nos necesita para cumplir esta misión. No es banal que me lo salte. No podemos pensar que lo tienen que hacer los demás y nosotros no. Todos importamos. Lo que tú hagas importa. Sí, tú. Eres responsable.

Una vez lo tengamos bien presente, tenemos que preparar una rutina para estos días. Las crisis son también oportunidades y ahora tenemos una muy buena para hacer cosas que normalmente no tenemos tiempo para hacer:

  • Estar con la familia y con nosotros mismos
  • Hacer tareas de casa pendientes, como limpiar u ordenar armarios
  • Leer, escribir, pintar, escuchar música, bailar…
  • Pasar tiempo con nuestros hijos y jugar a los juegos de siempre
  • Hablar por teléfono con amigos y cuidarnos entre nosotros
  • Hacer ejercicio físico en casa
  • Meditar

Cuidarnos, porque hablan de que esta es una crisis de cuidados. Es una crisis de no preocuparnos porque el virus solo afecta a los mayores. Es una crisis de no saber qué hacer 24 horas con nuestros hijos en casa. Es la crisis de los besos y los abrazos. Es la crisis de la responsabilidad.

Tenemos que cuidar también nuestros pensamientos y nuestra higiene. Y con higiene no solo me refiero al lavado de manos. Estoy hablando de autocuidado, de hábitos de higiene mental. Estoy hablando de vigilar lo que pensamos y lo que nos decimos a nosotros mismos. De ser conscientes de lo que nos hace mal y no hacerlo. Por ejemplo, si ver demasiadas noticias sobre el coronavirus nos genera ansiedad, detectarlo y dejar de hacerlo. De planificar en nuestras rutinas actividades que sepamos que nos benefician, ya sea física, como el deporte, o emocionalmente, como aquellas que nos hacen sentirnos bien.

¿Y las preocupaciones? Estamos en un escenario en el que preocuparse entra dentro de lo racional. Es algo nuevo, incierto, que no sabemos a dónde nos va a llevar. Nos genera miedo. Y está bien, porque el miedo nos ayuda a protegernos. Nos hace acordarnos de lavarnos las manos, de evitar aglomeraciones, de seguir las recomendaciones sanitarias. Sin miedo nos expondríamos innecesariamente a situaciones de riesgo y, recordemos, no solo nos expondríamos a nosotros, sino a muchas personas más a las que podríamos contagiar. 

Aunque nos ayuda, no podemos dejar que nos invada y se intensifique hasta tal punto que actuemos con pánico o que el miedo nos paralice. Tenemos que apelar a nuestra racionalidad, a pensamientos que nos tranquilicen, a valorar cada riesgo en su justa medida y a responsabilizarnos de nuevo, tomando medidas para minimizarlos dentro de lo que esté en nuestra mano. Es importante tener un espacio para hablar o escribir sobre ello. Situaciones relacionadas con la muerte, propia o de nuestros allegados, pueden crear un trauma que nos condicione en nuestra vida futura.

Si aún tomando estas medidas sentimos que necesitamos ayuda para sobrellevar esta situación, en Ilumina Psicología prestamos atención psicológica on line para que puedas higienizar tus pensamientos y emociones desde tu casa. Para solidarizarnos con las personas a las que la pandemia está ocasionando más problemas y sufrimiento, ofrecemos un 20% de descuento sobre los precios habituales mientras dure esta situación.

¡No lo pases solo! ¡Pide ayuda si la necesitas!

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